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Venga a Nosotros Tu Reino

Una oración esencial en la vida del cristiano es el Padre Nuestro. En la segunda petición encontramos la gran esperanza del triunfo de Cristo, y es la frase de Venga a Nosotros tu Reino.

 

Pero hay quienes creen que lo que pedimos a Dios con estas palabras de venga a nosotros tu reino, es que la Iglesia presente crezca y se extienda a todo el linaje humano y que todos sus individuos entren en la Iglesia; sean justos y santos, etc. Mas para pedir este propósito no resultan apropiadas las palabras venga a nosotros tu reino; muy por el contrario; parecen obscuras y fuera del fin que pretenden. Mas si por ellas entendemos el reino que ha de venir, según lo anuncian las Sagradas Escrituras, entonces las palabras con que pedimos en el Padre Nuestro venga a nosotros tu reino las hallamos claras, simples, propias y escogidas entre millares que pudieran imaginarse. Por lo tanto, con esta frase lo que estamos pidiendo es que Cristo sea Rey de reyes y Señor de señores, que su reino se haga una realidad plena en la tierra; que todos los pueblos, tribus y lenguas, adoren en Espíritu y en Verdad al verdadero Dios; que todos los cristianos sean Uno; que no existan ya oposiciones a este reino, sino que Él sea de verdad, de hecho y de derecho, Rey de reyes y Señor de señores.

Jesucristo en Su Primera Venida fundó un reino espiritual que podríamos denominar el reino de los cielos o el reino de Dios. Sin embargo, lo que Jesucristo llama frecuentemente en sus parábolas reino de los cielos, reino de Dios, no es otra cosa las más de las veces que lo que Él mismo llamó el reino del Evangelio: esto es, “la noticia”, “la buena nueva”, “el anuncio”, “la predicación del reino de Dios”. Como dice San Jerónimo, “el reino de los cielos es la predicación del evangelio y la noticia de las escrituras que conduce a la vida.” Esta predicación y noticia del reino parece claro que no puede ser el reino mismo, sino más bien un anuncio para que se alisten los que quieran vivir bajo esta bandera: ser herederos verdaderamente de Dios y coherederos de Cristo por la fe y la caridad plena.

Así pues, el reino de Dios o el reino de los cielos, no ha venido hasta ahora, y por eso pedimos ahora que venga. Lo que podemos entender más bien es que únicamente ha venido la noticia, la fe, el evangelio del reino, pero que algún día deberá ser vivido plenamente en esta tierra. Porque si todo lo que nos dicen las escrituras del reino de Dios, debe verificarse allá en el Cielo, entonces tendríamos que pedir “vayamos nosotros al cielo, al reino de Dios”, y no que el reino de Dios venga a nosotros, es decir, a la tierra, tal y como lo rezamos en el Padre Nuestro.

Podemos afirmar entonces que el reino de Dios es aquel en que, haciendo Jesucristo de sus enemigos escabel de sus pies, reinará en todas partes. Pues aunque en todas partes hoy en día domina, no podemos decir que realmente reina de hecho, porque de los 7,000 millones de habitantes que hay en esta tierra, solamente 1,200 millones somos católicos y unos 300 millones son cristianos, que en un sentido muy amplio pudiéramos decir aceptan a Cristo, por lo que eso se convierte en un reino de caricatura. Pero deben llegar tiempos en que Cristo sea Rey en paz absoluta, al frente de enemigos y de rebeldes que le resisten, subyugados sus contrarios, libres sus amigos y condenados sus enemigos, donde su imperio sea completo en todo sentido.

Así pues, entendemos que este reino de Dios en la tierra coincidirá, por ejemplo, con el anuncio profético que la Virgen de Fátima anunció en Portugal: “Al fin Mi Corazón Inmaculado triunfará”.

El canónigo Dr. Antonio Brambila, en su libro El Ajedrez Trascendente, dice que la instauración plena y definitiva del reino de Dios en la tierra será una Parusía (presencia) de tipo espiritual, es decir, de Poder y de Gracia y en la que nuestro Señor será servido, adorado y glorificado, como el único Señor de cielos y tierra, porque “Él debe reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies” (I Cor 15, 24).

A mayor abundamiento, a todo lo largo y ancho de la Sagrada Escritura se anuncia una época admirable de paz y santidad espiritual, donde todos los equivocados volverán al camino de la verdad y en la que nuestro Señor Jesucristo instaurará su reino espiritual sobre todos y sobre todo. Se cumplirá admirablemente el texto de Pablo a los Efesios:

“Dios ha querido ahora darnos a conocer el misterio de Su voluntad... Lo que Él se propuso en un principio para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo, lo de los cielos y lo de la tierra, quede restaurado en Cristo, bajo su jerarquía soberana” (1, 9–10).

Así pues, Cristo cumple su misión de Profeta y Sacerdote, y en la tierra empieza ya de algún modo y en cierta dimensión su reinado; un reinado que se realiza y se extiende en la Iglesia. Actualmente no es todavía un reino pleno; ni lo acatan todos los hombres ni alcanza a todas las cosas. Él es por derecho Rey universal, pero no lo es aún de hecho. Él no quiere imponerse, quiere que lo acepten, y la realidad de las cosas es que hoy en día crece el número de los que no lo aceptan, y aún más de los que lo combaten, lo ignoran, o simplemente lo toman por loco. A pesar de todo, los designios de Dios tendrán fiel cumplimiento. El reino de Cristo se establecerá en toda la tierra, abarcándolo todo, y ante Él, ante Jesús, el desdeñado, ultrajado, hoy por hoy insultado por tantos y tantos:

“se doblará toda rodilla en los cielos y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua y toda ley proclamará que solo Él es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil 2, 10–11).

Parusía y Segunda Venida de Cristo

Cuando hablamos entonces de Parusía, ordinariamente dicho término se entiende como la Segunda Venida de Cristo y que en el Juicio Final juzgará a todos previo al fin del mundo. Pero la Parusía como Reino de Presencia Espiritual de Poder y Gracia hay que entenderla como lo reflejan los Salmos 2, 72 y 110 que aluden a la reyecía de Cristo, como Rey de reyes y Señor de señores. No se trata, de acuerdo a la enseñanza del Magisterio de la Iglesia, de un reino carnal y materialista de Cristo, (como lo entendieron algunos herejes a principios de la era cristiana) sino de una presencia espiritual en que Cristo reinará “hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies” y entregue a su Padre el reino “después de haber destruido todo principado, dominación y potestad...” (I Cor 15, 23–28).

En la Parusía, pues, se destaca el escenario histórico donde Cristo se convierte en el único Señor de cielos y tierra, completándose así entonces la petición al Padre que el mismo Cristo nos enseñara “... venga a nosotros tu reino...”.

En el prefacio de la misa de Cristo Rey canta la Iglesia:

“En verdad es digno y justo, equitativo y saludable... Señor Santo Padre Omnipotente y Eterno, que ungiste con el óleo de la alegría a tu Hijo Jesucristo como Sacerdote Eterno y Rey de todos... y una vez sometidas a Su Imperio todas las cosas, entregase a Tu inmensa Majestad un Reino Eterno y Universal...”.

Así pues, la fe de la Iglesia canta que Jesucristo es Rey de todos; no de muchos ni de algunos sino de Todos. De hecho y de derecho. Y este cumplimiento absoluto se dará en la Parusía.

En este orden de ideas, el Papa Pablo VI dijo:

“Jesús reina ya sobre la Iglesia, más no aún sobre el mundo, siendo así que la profecía de David, a la que Cristo y la predicación primitiva se refería abiertamente, le promete aquel dominio de toda la gente del que todavía no goza. Pero está escrito: siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como escabel a tus pies” (I Cor 15–24).  

En suma, antes de que Jesucristo entregue el reino a su Padre debe reinar y reducir a nada todo poder y potestad diabólica, porque es preciso que “Él reine hasta que ponga a todos sus enemigos sometidos a sus pies”. Esto aún no se ha cumplido, porque siguen muchas naciones separadas de Cristo que no le dan vasallaje, y lo que es peor, están en franca rebelión contra Él; pero habrán de cumplirse las profecías y entonces resonará en toda la tierra esta aclamación:

“Ya llegó el reino de nuestro Dios y su Cristo sobre el mundo, y Él reinará por los siglos de los siglos” (Apoc 11, 15).

Este reinado no ha de ser sólo en el orden espiritual, sino también en el orden social, tal y como lo indican innumerables textos de las Sagradas Escrituras: “... pídeme y te daré las naciones en herencia y en posesión los confines de la tierra. Con cetro de hierro los gobernarás, los quebrarás como vaso de alfarero” (Salmo II, 8, 9).

Expresiones como estas carecerían de sentido si se hiciera alusión a la vida eterna, pues ya no habrá para entonces más naciones que regir ni pueblos que quebrar. Por su parte, el Salmo 72 va por la misma línea:

“Y Él dominará de mar a mar y del río hasta los confines de la tierra; ante Él se postrarán sus enemigos y lo adorarán los reyes todos de la tierra; todas las naciones le servirán” (8, 9).

Los profetas también lo anunciaron hace miles de años.

“Y reinará Yahvé sobre la tierra toda y Yahvé será único y único su nombre” (Zacarías 14, 9).

Subirán victoriosos al monte Sión.... y Yahvé reinará” (Abdías 1, 21).

La luna se enrojecerá, el sol palidecerá, cuando Yahvé Sebaot sea proclamado Rey” (Isaías 24, 23).

El Reino de Cristo en el Profeta Daniel

Una profecía muy importante del reino de Cristo es la que recibió Daniel y que dice así:

Y el Dios del cielo levantará un reino que jamás será destruido; y este reino no pasará a otra nación, sino que quebrantará y aniquilará a todos aquellos reinos, en tanto que él mismo subsistirá para siempre, conforme viste que de la montaña se desprendió una piedra, no por mano alguna, que redujo a polvo el hierro, el bronce, la arcilla, la plata y el oro” (2, 44–45).

Este reino “que jamás será destruido” del que habla el profeta Daniel es una profecía auténtica del Reino Eterno de Jesucristo, y “la piedra desprendida sin ayuda humana”, es, según los intérpretes, el mismo Jesucristo, el mismo Mesías descendiendo del Cielo que funda su Reino sobre las ruinas de los imperios del mundo, conforme dice el profeta:

He aquí que pondré en los cimientos de Sión una piedra, piedra escogida, angular, preciosa, sentada por fundamento” (Isaías 28, 16).

Y este reino aparecerá con todo su esplendor en la Parusía, en los tiempos escatológicos.

Así se cumplirá lo que también Daniel menciona:

“Le fue dado el señorío, la gloria y el reino, y todos los pueblos y naciones y lenguas le sirvieron. Su señorío es un señorío eterno que jamás se acabará, y su reino no será jamás destruido” (7, 14).

Este pues es el reino que tendrá lugar en la Parusía; el reino de Jesucristo en que serán recogidos todos los pueblos y a cuyo Rey obedecerán todas las naciones; este reino tendrá lugar precisamente sobre pueblos y hombres que están en la tierra, pues ejercerán el dominio “el pueblo de los santos del Altísimo sobre todos los reinos que se hayan debajo del cielo” (Daniel 7, 27), y este es el reino que nos invitó Jesucristo a pedir todos los días en la oración del Padre Nuestro: ¡Venga a Nos Tu Reino!

Reino de Dios y Reino de Cristo

Vamos ahora a distinguir lo que es el Reino de Dios en sentido amplio de lo que es el Reino de Cristo en específico. Esta falta de distinción llega a confundir fácilmente, pues existe la creencia común de que el Reino de Dios sólo se va a realizar y tendrá lugar únicamente en el Cielo y en la vida eterna, y no se hace mención al Reino de Cristo en la tierra, o en su caso, se suele identificar este Reino de Cristo en la tierra con la vida de la Iglesia que se extiende por todo el orbe.

En la Sagrada Escritura se utiliza en ocasiones el término Reino de Dios para definir varios significados distintos y al mismo tiempo complementario, concurrente e integrante de una misma realidad y de un mismo plan divino. Es una especie de diversidad dentro de la unidad querida por Dios. Así, por ejemplo:

  1. El Reino como reino de la verdad, el cual existe desde que nace Cristo y viene “al mundo para dar testimonio de la verdad” (Juan 18, 37), tal y como se lo dijo a Pilatos.
  2. El Reino como reino espiritual de las almas. Para hablar de este reino citamos a San Lucas que dice: “El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: vedlo aquí o allá, porque el Reino de Dios ya está entre vosotros” (17, 20–21).
  3. El Reino como reino de la gracia a través de la Iglesia. Este reino de gracia es el que prepara al reino de gloria. El reino de gloria no se alcanzará sino por medio de la gracia, que se realiza y florece en lo íntimo del alma, en el seno de la Iglesia. Así por ejemplo tenemos el texto de San Pablo a los romanos que dice: “Porque el Reino de Dios no consiste en comer ni beber, sino en justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (14, 17).
  4. El Reino como reino de los cielos. Este es el Reino de Dios que habrá en la vida eterna en el Cielo, después de la última resurrección. De hecho, existe hoy en día este Reino de Dios sobre las almas bienaventuradas y sobre el mundo angélico porque Cristo es Rey de todo lo creado, y existe también como reino espiritual por la verdad y por la Iglesia. Es pues el reino de los cielos plenamente perfecto sin sombra del mal y que se dará en la vida eterna.
  5. El Reino como reino milenario de Cristo en la tierra. Este es el reino del que habla el capítulo 20 del Apocalipsis. Jesús ante Pilatos se proclama abiertamente Rey y el Apocalipsis dice que vendrá como Rey y Juez al Final de los Tiempos; y la Iglesia celebra la fiesta de Cristo Rey.

Reino de Cristo y Reino de los Cielos

Otros muchos creen que el Reino de Cristo tendrá cumplimiento hasta el Fin del Mundo, con el inicio de la vida eterna en el Reino de los Cielos. Pero no es esto lo que dicen las Escrituras.

Es claro que este Reino de Cristo se realizará en la tierra. En la oración del Padre Nuestro, las tres primeras peticiones, es decir,

“santificado sea tu Nombre”;

“venga a nosotros tu Reino”; y

“hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”,

sólo pueden tener sentido si son para cumplirse en la tierra, ya que en el cielo están dadas y cumplidas totalmente. Así, el pedir “santificado sea tu Nombre” tiene que ser una petición para la tierra puesto que en el Cielo se cumple a la perfección. Lo mismo “venga a nosotros tu Reino” implica pedir que venga a la tierra, pues si fuera el reino de los cielos tendríamos que pedir no que viniera, sino que nosotros fuéramos a él. Y lo mismo respecto a la tercera petición que por sí misma se explica: “hágase tu voluntad en la tierra como (se cumple) en el cielo”.

Por otro lado, tenemos la cita de la Anunciación del ángel a María en la que le dice que:

éste (su Hijo Jesús) será grande y será llamado Hijo del Altísimo, al cual el Señor Dios dará el trono de David su padre, y reinará en la Casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin”.

Aquí es claro que se le promete a Jesús que ese reino no puede ser en el Cielo, sino en la tierra, porque el trono de David no estuvo en el Cielo sino en Jerusalén.

Lo mismo se aplica a las ya citadas palabras de Cristo a Pilatos y que según el original griego dicen:

“Mi reino no es de este mundo. Si de este mundo fuera mi reino, mis ministros habrían luchado para que no fuese entregado a los judíos; más ahora mi reino no es de aquí” (Juan 18, 36). La mayoría de las traducciones omiten el “ahora” contenido en la última frase “más ahora mi reino no es de aquí”, con la simple frase “mi reino no es de aquí”. Las que conservan “el ahora”, entre otros, están las versiones de Torres Amat, Scio de San Miguel, Monseñor Straubinger.

Por tanto, su reino ahora no es de aquí, pero lo será cuando lo instaure en la tierra a partir de la Parusía.

Algunas Características del Reino

En este Reino de Cristo en la tierra se cumplirán un sinnúmero de promesas de paz y bienestar temporal, como consecuencia de la efusión sobrenatural y Presencia de Poder y Gracia que significará la Parusía. Así, por ejemplo:

1. Paz universal. Los profetas anuncian una época en que no volverá a haber guerras. Este vaticinio no se ha cumplido hasta los días de hoy, ya que los textos sagrados hablan de una paz social y perfecta, y la historia es testigo de que siempre ha habido guerras y cada vez peores, por lo que esta época aún no ha tenido lugar. Además de ello, esta paz está profetizada que vendrá al Final de los Tiempos. Así dice Isaías:

El Señor juzgará a las gentes y dictará sus leyes a numerosos pueblos, y de su espada harán rejas de arado y de sus lanzas, hoces. No alzará la espada gente contra gente, ni se ejercitarán para la guerra” (2, 4–5).

2. Bienestar temporal y prosperidad material inigualable. El Reino de Cristo nos traerá una época en la que desaparecerá la explotación del hombre por el hombre, las injusticias y todo aquello que obstaculice el desarrollo y progreso del hombre para el servicio de Dios. Así lo dicen los profetas:

He aquí que vienen días, dice el Señor, en que al arador le seguirá el segador, y al que pisa las uvas, el que esparce las semillas; los montes destilarán mosto y todas las colinas abundarán de fruto” (Amós 9, 13).

“Enviaré a su tiempo las lluvias y lluvias de bendición. Los árboles del campo darán fruto y la tierra dará sus productos y vivirán en paz en su tierra” (Isaías 30, 22).

Y el pan que la tierra producirá será suculento y nutritivo... construirán casas y las habitarán… no edificarán para que habite otro, no plantarán para que recoja otro… no trabajarán en vano” (Isaías 65, 21–22).

3. Salud y larga vida. En la época del Reino de Cristo “no habrá allí niño nacido para pocos días ni anciano que no haya cumplido los suyos. Morir a los cien años será morir niño, y no llegar a los cien años será tenido por maldición... no se fatigarán en vano, ni darán a luz para una muerte prematura, sino que serán la progenie bendita de Yahvé” (Isaías 65–24).

4. Se amansarán las fieras. En el Reino de Cristo se verá la convivencia de animales mansos con las bestias más feroces y estarán sometidas al hombre como los demás animales domésticos para que no hagan daño a nadie. Así, cuando los hombres impíos hayan desaparecido y “la tierra se llene del conocimiento del amor de Dios como una invasión de las aguas del mar… entonces habitará el lobo con el cordero, el leopardo se acostará junto al cabrito; la osa y la vaca pacerán lado a lado y juntas acostarán a sus crías. El león comerá paja con el buey, y el recién nacido meterá la mano en la madriguera del basilisco” (Isaías 11, 6–8).

Entonces la paz y la justicia reinarán, la prosperidad temporal permanecerá, los desiertos florecerán y tendrán cosechas de frutos, habrá longevidad en los habitantes de la tierra, se amansarán los animales y las “criaturas, liberadas de la servidumbre de la corrupción, participarán en la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom 8, 21), porque la tierra quedará libre de la maldición a la que Dios la sometió por el pecado (Génesis 3, 17).

En efecto, San Pablo enseña que la naturaleza, al igual que el hombre, está caída, es decir, que no está en su debido ser, sino en una situación de violencia, en situación antinatural; porque a ella –a la naturaleza creada– también le alcanzó la maldición del pecado original del hombre, del hombre que debió haber sido su señor y amo. Por eso dice el Génesis con respecto al hombre: “Maldito sea este suelo por tu causa.... espina de abrojos tendrás en abundancia” (3, 17–19).

Es decir, la creación material no es ahora para el hombre lo que hubiera sido de no haber ocurrido la caída de los primeros padres en el pecado. Esta realidad de la creación entera, afectada penosamente por el pecado del hombre, es la que precisamente denuncia San Pablo cuando dice que “la creación está ansiosa y desea vivamente la revelación de los hijos de Dios”.

Por tanto, el universo material, creado para el hombre, ha participado hasta hoy de las consecuencias del pecado original. Pero con motivo de la Parusía y la instauración del Reino de Cristo en la tierra, la tierra será liberada de esta miseria y será devuelta a las condiciones primeras en que Dios la creó. Pero esto no es lo más importante, sino la consecuencia que traerá la Parusía para la restitución o restauración del hombre, quien es la creación más importante de Dios. Pero esto será motivo de otra reflexión.

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