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Los Errores de Rusia

“Si atendieren a mi pedido, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, ella esparcirá sus errores por el mundo.”

(13 de Julio de 1917)

En la segunda parte del secreto y como parte fundamental del propósito de la aparición de la Virgen en Fátima, la Madre del Cielo nos dijo que “si atendíamos a su pedido Rusia se convertiría y habría paz; si no, ella esparciría sus errores por el mundo promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia…”

En la misma segunda parte del secreto la Virgen expresamente dijo que para impedir toda esta difusión de errores, guerras y persecuciones “vendría a pedir la consagración de Rusia a su Corazón Inmaculado”. Este hecho puntualmente ocurriría 12 años después, cuando el 13 de junio de 1929, viviendo la Hermana Lucía en el Convento de las Hermanas Doroteas de Tuy, España, la Santísima Virgen le vino a pedir expresamente la consagración de Rusia, hecho que más adelante detallaremos.

Pero ¿Por qué la Santísima Virgen en Fátima nombró a Rusia? ¿Por qué no otra nación? ¿Por qué no quizá Alemania, Estados Unidos, Israel o Siria?

Parece conveniente para ilustración del lector que podamos profundizar por qué Nuestra Señora en Fátima habló de evitar que Rusia esparciera sus errores.

Rusia, como sabemos, revela en toda su amplitud lo que es el comunismo ateo, la ideología marxista que política, social y culturalmente se instaló en 4 continentes y que fue durante el siglo XX uno de los grandes signos de nuestros tiempos. Un vistazo retrospectivo nos impone una conclusión sobrecogedora: el siglo XX fue el siglo de las grandes catástrofes humanas: dos guerras mundiales, el nazismo, y otras tragedias humanas localizadas en muchos lugares.

Fenómeno del Siglo XX

El comunismo, como fenómeno trascendental del siglo XX que comienza en 1914 y algunos juzgan que concluyó en Moscú en 1991, no llegó de la noche a la mañana.

Pensadores como Voltaire (1694-1778), Rousseau (1712-1778), Diderot (1713-1784), y los enciclopedistas gestaron la Revolución Francesa, algunos de los cuales negaban la existencia de Dios, o si la admitían, sostenían que Dios no tenía nada que ver con este mundo, “que Él le había dado cuerda como a un reloj, y lo había abandonado hasta que esa cuerda se acabe”. Lo que equivaldría por así decirlo, a que estamos solos, y concluyeron glorificando al hombre y el razonamiento humano con la ideología de la “autonomía de la razón”, su filosofía moral del “deísmo”[1], y denominaron a sus tiempos “el siglo de las luces”.

Los revolucionarios franceses, como seguidores del racionalismo llevaron sus enseñanzas a su lógica conclusión: asesinaron a sacerdotes y monjas, saquearon y profanaron iglesias, destruyeron imágenes, y hasta llegaron a entronizar a la actriz mademoiselle Aubryan, en la Catedral de Notre Dame, denominándola “la diosa razón”, una expresión idolátrica en su forma más beligerante.

Durante el reinado del terror de la Revolución Francesa, se utilizaron las iglesias como establos para demostrar el desprecio de los revolucionarios a la religión verdadera, el hombre sin fe rechazó a Dios y su Ley, y parecía haber ganado temporalmente.[2]

La Revolución Francesa “fue una consecuencia de la negación y de las rupturas del siglo XVI, del enfriamiento de la fe durante el siglo XVII, de la exaltación de la razón en el siglo XVIII, y de la explotación de la rebelión por el poder de la francmasonería fundada en 1717”[3]. Resumiendo, el deísmo del siglo XVIII engendró el racionalismo del siglo XIX y éste produjo el humanismo secular del siglo XX en los Estados Unidos y el comunismo ateo en Rusia, donde Stalin en su búsqueda “de usurpar la autoridad de Dios por medio de la exaltación del hombre”, conllevó terribles sufrimientos y destrucción para el mismo hombre.

Pero ¿qué es lo que exactamente designamos bajo la denominación de “comunismo”? Como filosofía política, el comunismo existe desde hace siglos, incluso milenios. ¿Acaso no fue Platón quien, en La República, estableció la idea de una ciudad ideal donde los hombres no serían corrompidos por el dinero ni por el poder, donde mandarían la sabiduría, la razón y la justicia? O el hombre más eminente de Inglaterra como Sir Tomás Moro, asesinado por Enrique VIII, ¿no fue otro precursor de la tesis de esta ciudad ideal en su libro Utopía? Sin embargo, el comunismo del que hablamos aquí no se sitúa en el mundo de las ideas, sino de un comunismo real que existió en una época determinada, en países concretos y encarnado por célebres dirigentes como Lenin, Stalin, Mao y Ho Chi Minh.[4]

Sea cual sea el grado de implicación de la doctrina comunista anterior a 1917 en la práctica del comunismo real, fue este el que puso en funcionamiento una represión sistemática hasta llegar a erigir el terror como forma de gobierno. Y esto fue ejecutado por los comunistas, conocidos con el nombre de “bolcheviques” (Partido político que surge de la escisión del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso y se caracterizó por ser partidario de la dictadura del proletariado y por su intransigencia izquierdista. El partido bolchevique se instauró en Rusia tras la revolución de 1917 y fue defendido por Lenin; el partido bolchevique ruso recibió el nombre de “partido comunista”) que no eran sino los socialdemócratas rusos.

Es una realidad que a fin de asentarse en el poder los comunistas erigieron el crimen en masa como un verdadero sistema de gobierno, aunque no es menos cierto que con el tiempo el terror perdió su vigor y los regímenes comunistas se estabilizaron en una gestión de represión cotidiana a través de la censura de todos los medios de comunicación, del control de las fronteras y de la expulsión de los disidentes. Pero la “memoria del terror” continuó asegurando la credibilidad, y por tanto la eficacia de la amenaza represiva.[5]

La Historia Negra del Comunismo

Los archivos y abundantes testimonios muestran que el terror fue desde sus orígenes una de las dimensiones fundamentales del comunismo moderno. En el Libro Negro del Comunismo escrito por Stèphane Courtois, director del Centro Nacional de Investigaciones Científicas – CNRS – adjunto a la Université de París X Nanterre y otros connotadísimos autores, expone la ola de crímenes, terror y represión que desencadenó el comunismo por parte de todos los países satélites de la hoz y el martillo a lo largo de todo el siglo XX, y donde el holocausto judío se queda en un escalafón muy menor.

El comunismo cometió innumerables crímenes contra el espíritu, pero también contra la cultura universal y contra las culturas nacionales. Stalin hizo demoler centenares de iglesias en Moscú. Ceausescu destruyó el corazón histórico de Bucarest. Paul Pot ordenó desmontar piedra a piedra la catedral de Phnom Penh. Durante la revolución cultural maoísta, los guardias rojos destrozaron o quemaron tesoros inestimables.

Pero además de lo anterior tenemos que hablar del asesinato masivo de personas, hombres, mujeres y niños que constituyen la esencia del fenómeno del terror. Y así encontramos fusilamientos, horca, ahogamiento, apaleamientos, gas militar, veneno, destrucción por hambre – provocadas y/o no socorridas; deportaciones – ya sea en marcha a pie o en vagones de ganado; trabajos forzados, agotamiento, enfermedades y frío.

Según estimaciones conservadoras estos son los muertos del régimen comunista, que alcanza una cifra cercana a los 110 millones:

-        URSS 35 millones de muertos

-        China 65 millones de muertos

-        Vietnam 1 millón de muertos

-        Corea del Norte 2 millones de muertos

-        Camboya 2 millones de muertos

-        Europa oriental 1 millón de muertos

-        África (Etiopía, Angola y Mozambique) 1,8 millones de muertos

-        América Latina 165,000 muertos

-        Afganistán 1,5 millones de muertos

-        Movimientos comunistas y partidos comunistas no situados en el poder 1 decena de millares de muertos[6]

El comunismo ateo cometió crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. La naturaleza de los mismos quedó definida en el artículo 6 del estatuto del Tribunal de Nüremberg instituido por los aliados en 1945 para juzgar los crímenes nazis.

¿Por qué se sabe más del holocausto judío que de los regímenes comunistas cuando sus crímenes afectaron a unos 110 millones de personas? Más aún, quizá no se sepa que muchos de los métodos nazis utilizados en sus campos de concentración no eran sino una copia de los métodos impuestos en funcionamiento por Lenin y sistematizados por Stalin, como los trabajos forzados, los propios campos de concentración, el transporte de los deportados en vagones de ganado, las cámaras de gas, el arma del hambre y el genocidio.

Los vencedores de 1945 colocaron “legítimamente” el crimen – y en particular el genocidio de los judíos – en el centro de su condena del nazismo. Numerosos investigadores en el mundo entero trabajan desde hace décadas en este tema. Se han consagrado millares de libros, decenas de películas mediáticas para describir la forma detallada de los asesinatos de los judíos en el Tercer Reich. No existen análisis de este tipo en relación con la cuestión de los crímenes comunistas. Mientras que los nombres de Himmler, Eichman, Hitler son conocidos en todo el mundo como símbolos de la barbarie contemporánea, los de Dzerzhinsky, Yagoda o Yezhov son ignorados por la mayoría. En cuanto a Lenin o Stalin aún hoy en día siguen teniendo derecho a una sorprendente reverencia.

¿Por qué entonces ese débil eco en la opinión pública de los testimonios relativos a los crímenes comunistas? ¿Por qué ese silencio incómodo de los políticos? Y, sobre todo, ¿por qué ese silencio académico sobre la catástrofe comunista que ha afectado, desde hace 100 años, a cerca de una tercera parte del género humano en 4 continentes?

Una de las razones tiene que ver con la idea misma de revolución. Todavía hoy en día, el duelo por la idea de revolución está lejos de haber concluido. Pero la razón más sutil es que después de 1945 el genocidio de los judíos apareció como el paradigma de la barbarie moderna para ocupar todo el espacio reservado a la percepción del terror de masas durante el siglo XX.

 La Ideología Marxista

Los comunistas se refieren continuamente a Dios, pero no para alabarle sino para blasfemar contra Él. La máxima de Marx “la religión es el opio del pueblo” constituye la piedra de toda la concepción marxista en la cuestión religiosa. El marxismo considera siempre que todas las religiones e iglesias modernas, todas y cada una de las organizaciones religiosas, son órganos de la religión burguesa llamados a defender la explotación y embrutecer a las clases obreras.

Un reciente libro de Richard Wurmbrand, Marx y Satán[7], ofrece textos sorprendentes, tomados de los escritos del mismo Marx que muestran la evolución de su pensamiento y la influencia en el mismo del tema demoniaco.

De su juventud es un verso donde escribe: “Deseo vengarme de aquél que gobierna en lo alto”, contenido en su poema Des Verzweiflenden Gebet (Invocación de un desesperado). Al parecer ya hay en su alma una cuota de resentimiento y un anhelo de luchar contra el mundo creado por Dios. En uno de sus poemas leemos:

“Entonces podré caminar triunfalmente, como un dios, a través de la ruina de su reino. Cada palabra mía es fuego y acción. Mi seno es igual al del Creador”.

Amigo íntimo de Marx fue también Heinrich Heine, el famoso poeta alemán, quien escribiera:

“Llamé al demonio y vino, su cara con admiración puedo observar; no es horrible, no es contrahecho. Es un hombre encantador y seductor.”[8]

La ideología de Marx no nace de la pura elucubración intelectual, sino de su satanismo, su resentimiento, envidia e ira, que lo convertían en un ideólogo apasionado, movido por el odio y la rebelión, para quien la revolución no es solamente un fenómeno de cambio violento, sino que adquiere dimensiones metafísicas de un desesperado combate satánico contra Dios y el orden natural, como expresión éste de la voluntad divina impuesta a la sociedad humana.

El Comunismo contrario a la Ley de Dios

Las premisas del sistema comunista eran contrarios a todos los mandamientos de la Ley de Dios. Es totalmente opuesto al cristianismo. El Papa Pío XI lo calificó como la gran herejía de todos los tiempos, una absoluta negación de la Ley de Dios. En la encíclica Divini Redemptoris del 19 de marzo de 1937, se afirmaba que Dios había dotado al hombre de prerrogativas:

“… el derecho a la vida, a la integridad corporal, a los medios necesarios para la existencia: el derecho de tender hacia su fin último en el camino trazado por Dios; el derecho de asociación, de propiedad…”

Y en la encíclica Quadragesimo Anno en 1931 Pío XI había escrito:

“El comunismo tiene en su enseñanza y en su acción un doble objetivo que persigue no en secreto y por caminos desviados, sino abiertamente, a la luz del día y por todos los medios, incluidos los más violentos: una implacable lucha de clases y la completa desaparición de la propiedad privada. Para lograr este objetivo, no hay nada a lo que no se atreva, no hay nada que respete; allí donde ha conquistado el poder, se muestra salvaje e inhumano hasta un grado que apenas se puede creer y que resulta extraordinario, tal y como testifican las terribles matanzas y las ruinas que ha acumulado en inmensos países de Europa oriental y de Asia.”

El comunismo, a pesar de declararse ateo, es una especie de religión laica similar a la de una creencia religiosa, donde la providencia es sustituida por el progreso. Una sociedad sin clases es el paraíso prometido en la tierra, que es la subrogación del Reino de los Cielos.

Los comunistas destruyeron las iglesias cristianas; solamente en Kiev, 98 iglesias fueron demolidas. El 5 de diciembre de 1931 fue dinamitada la catedral de Cristo el Salvador, el edificio sagrado más grande de Rusia. Las autoridades prohibieron las oraciones públicas o la celebración de días festivos.

Por otro lado, ya hemos dicho que los asesinatos masivos no eran sólo una manera de ganar poder, sino también una parte intrínseca del funcionamiento comunista.

Robert Conquest,[9] un historiador británico, al recopilar toda la información disponible estimó que cerca de unos 42 millones de personas fallecieron en los campos de concentración soviéticos y entre 10 y 30 millones durante el traslado a estos lugares. Recordemos la gran hambruna entre 1932 y 1933 provocada por los comunistas que alcanzó la cifra de 6 o 7 millones de muertos en Ucrania. Pero en términos relativos la “palma de oro” se la lleva Camboya, donde Paul Pot, en sólo 3 años y medio, mató de manera atroz una cuarta parte de la población total del país.

El sistema comunista está basado en el robo. Uno de los principios básicos fue la eliminación de la propiedad privada, es decir, la apropiación del derecho de propiedad de un dueño a sus tierras, fábricas, almacenes o incluso sus propios hogares. Asimismo, la propiedad soviética estaba basada en mentiras, falsas acusaciones y difamaciones. Todos los oponentes eran acusados de crímenes premeditados. Los sacerdotes católicos eran acusados de ser agentes del Vaticano.

La Acción del Comunismo

En los lugares donde el comunismo se hacía con el poder, el cristianismo se convertía en un particular objeto de persecución: las iglesias eran clausuradas, el clero asesinado, los creyentes arrestados, además de que cualquier signo relacionado con la fe era suficiente para no ser ascendido en el trabajo. En Ucrania occidental, la Iglesia Católica Griega fue prohibida, 18 de sus obispos fueron asesinados o enviados a campos de trabajos forzados. En Rumania y Bulgaria la Iglesia Ortodoxa sufrió represiones sangrientas.

Por su parte, Albania fue testigo de un experimento social especial. Su dictador, Enver Hoxha, un egresado de la Universidad de Montpellier y de la Sorbona, soñaba con establecer el primer estado completamente ateo del mundo (incluso añadió un artículo a la constitución en 1967). Los comunistas asesinaron a 5 de los 6 obispos católicos, 115 de los 200 sacerdotes; al resto los enviaron a campos de concentración. 2,500 iglesias fueron cerradas, las cruces de los cementerios de todo el país fueron destruidas. Todos los símbolos religiosos fueron eliminados, y la policía secreta buscaba en las casas biblias, libros de oraciones, rosarios y crucifijos, para poder “justificar” la pena de muerte a sus usuarios. Los nombres cristianos fueron prohibidos, por lo que los que tenían esos nombres tuvieron que cambiárselos. La historia estima que 100,000 albanos fallecieron debido a su fe y otro medio millón fueron encarcelados.

Por otro lado, los soviéticos según las “reglas de oro” de Sun Tzu, debilitaban y desestabilizaban a los países enemigos desde dentro: financiaban y entrenaban a organizaciones terroristas que planeaban ataques en los estados capitalistas, por ejemplo, la facción del Ejército Rojo y la Organización de la Liberación Palestina. Los servicios especiales soviéticos, cubanos y búlgaros introdujeron narcóticos en Norteamérica y Europa Occidental. Mientras que la Unión Soviética y sus estados satélites promocionaban la Teología de la Liberación, que socavaba la identidad y la unidad de la Iglesia Católica.

El marxismo cultural se desarrolló en los círculos intelectuales occidentales, especialmente entre la élite intelectual, según las premisas de Antonio Gramsci.[10]  La nueva izquierda aceptaba los antiguos patrones de pensamiento, pero los tradujo a conceptos del mundo de la cultura. La ideología que Lenin y sus camaradas iniciaron se transformó en la fundación de las nuevas corrientes que ahora están germinando en las universidades occidentales; son el fundamento del desarrollo de la revolución sexual y del feminismo, de la ideología de género, del movimiento gay, así como de la ecología radical.

Había un factor permanentemente entre todos estos cambios: minar los fundamentos cristianos de la civilización occidental, culpado de los males más grandes del mundo contemporáneo: el imperialismo, el racismo, nazismo, fascismo, anti semitismo, sexismo, xenofobia, homofobia y otras plagas sociales. En el banco de los acusados tenemos al cristianismo, como una fuente de exclusión; a la familia patriarcal, como el lugar donde se forman personalidades autoritarias; a la tradición, que evita el progreso; a la moralidad, como un obstáculo a la plena realización; el patriotismo, como una semilla de la intolerancia.

El periodo posterior a 1945 fue testigo de la guerra fría entre dos bloques geopolíticos y militares: el occidente capitalista (la OTAN) y el este socialista (Pacto de Varsovia). De vez en cuando tenían lugar golpes militares, como por ejemplo en Corea (entre los años 50 y 53) o Vietnam (1962-1975). No obstante, el comunismo se expandió especialmente más allá de Europa: China, Corea del Norte, Laos, Cuba, Vietnam, Camboya y Etiopía. Su expansión fue de la mano de genocidios masivos, cometidos por Mao, Kim Il-Sung, Pol Pot y Mengistu Haile.

Como se ha dicho, el comunismo también tuvo una cara terriblemente ominosa en los países asiáticos. Sólo en China fueron asesinados entre unos 50 ó 60 millones de personas. Mao Tse Tung, el líder comunista de China, se convirtió así en uno de los mayores criminales de la humanidad, gobernando mediante métodos totalitarios, y sometiendo todas las esferas de la vida a la ideología marxista, donde incluso el pensamiento independiente era considerado un crimen.  Por su parte, un tercio de la población de Camboya fue exterminado por el Khmer Rojo.

La represión del comunismo asiático fue facilitada por las creencias religiosas, particularmente por la transmigraciónde almas. La reencarnación choca con la unicidad del ser humano, tal y como se entiende en occidente.

De acuerdo con la definición clásica de Boecio, la persona es “una sustancia individual de naturaleza racional”, que puede distinguir entre el bien y el mal y que libremente toma decisiones. Por su parte, la reencarnación hecha por tierra semejante concepción de la persona; el hombre no es libre, pues está determinado por las acciones de su vida anterior; tampoco es una sustancia individual, pues el vínculo entre el cuerpo y el alma es incidental, por lo que la misma alma puede habitar tanto en un animal como en una piedra. En suma, el alma queda esclavizada del cuerpo, lo cual es una contradicción filosófica.

En fin, podríamos seguir enumerando lo que han sido los errores esparcidos por el mundo por Rusia. Pero lo que es claro es que la ideología marxista-leninista es totalmente contraria al mensaje cristiano. Son dos mundos totalmente diferentes. El cristianismo en vez de odio proclama el amor; ofrece la libertad y no la esclavitud. Rechaza el principio de que el fin justifica los medios. No se sirve del asesinato, de las mentiras ni del robo, sino de la oración, el ayuno y la limosna. Sus armas no son las bombas ni el terrorismo, sino el rosario y la devoción al Corazón Inmaculado.

“El comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno, los que quieren salvar de la ruina la civilización cristiana”.[11]

Hemos pues sintetizado los “errores de Rusia” que explican el por qué la necesidad de que esta nación fuera consagrada en condiciones más que especiales para que se convirtiera según el pedido de la Virgen, y al mismo tiempo, fuera clave esencial para el triunfo del Corazón Inmaculado. 

 

Extracto del Capítulo IV del libro Gracias y Omisiones del Centenario de Fátima, del mismo autor, editado en agosto de 2017.

Todos los artículos de este sitio pueden ser reproducidos, siempre y cuando se cite al autor, Luis Eduardo López Padilla, y la página donde fue originalmente publicado, www.apocalipsismariano.com

 



[1] Doctrina teológica que afirma la existencia de un dios personal, creador del universo y primera causa del mundo, pero niega la providencia divina y la religión revelada.

[2] From Rome. Germán Mazuelo Leytón.

[3] P. José de Sainte Marie.

[4] Fue primer ministro y presidente de la República Democrática de Vietnam.

[5] Libro Negro del Comunismo. Crímenes, terror y represión. Ediciones B. Stèphane Courtois y otros. Traducción Cesar Vidal y otros. 2010.

[6] Libro Negro. p.19.

[7] Marx y Satán, Covadonga, Santiago de Chile, 1988. Citado por Alfredo Sáenz. Rusia y su Misión en la Historia.

[8] Ibídem p.149.

[9] Fue célebre por sus obras relacionadas con la Unión Soviética y en especial por la publicación en 1968 de El Gran Terror.

[10]  La prueba de la efectividad de la estrategia de Antonio Gramsci es la impregnación del marxismo en la cultura de masas. Un ejemplo de ello es la extraordinaria popularidad, particularmente entre la juventud, del Che Guevara, basado en un mito romántico que retrata al revolucionario argentino como un noble luchador por la justicia. En realidad, Guevara era un sádico y un criminal. Durante la campaña cubana, Guevara fue famoso por su excepcional crueldad: mató a un niño pequeño para robarle la comida. El historiador Humberto Fontonova le llamó infanticida. En enero del 59, tras la victoria del comunismo en Cuba, Guevara fue nombrado director de una prisión en La Cabaña, donde condenó a varios cientos de personas a muerte sin haber sido juzgados. Los historiadores le creen responsable de 10,000 ejecuciones, algunas de las cuales las llevó a cabo personalmente.

[11]  Pío XI Encíclica Divini Redemptoris n.º 60.