Escrito por Luis Eduardo López Padilla Viernes, 26 de Enero de 2007 18:00
El Reino de la Divina Voluntad (Luisa Picarreta)
Los Aposentos de los Corazones Unidos (Cleveland)
Plenitud y Restitución (Sábana Grande, P.R)
Plenitud, Nueva Estirpe y Crecimiento Espiritual
Una Gracia especial pero también un Compromiso
La Parusía del Señor tiene su desarrollo más importante con el llamado Milenio de paz al que se refiere Juan en el capítulo 20 del Apocalipsis. Ahí se mencionan varios conceptos a los cuales se les ha dado una interpretación simbólica, pero la interpretación literal nos permite casar muy bien lo que es el plan de restitución del hombre según se ha explicado en el capítulo precedente, con lo que son los misterios a los que alude Juan en el Milenio y que también nos vinculan con otras profecías apocalípticas y cuya tesis propondremos más adelante. Pero antes de abordar el tema del Milenio, primero desarrollaremos lo que ya San Luis María Grignion de Monfort, (el gran profeta mariano del siglo XVII, autor de dos libros que hoy en día constituyen verdaderas joyas de la mariología y que son “El Tratado Sobre la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen” y “El Secreto de María”) hablaba sobre la Parusía y sobre una especial relación entre la Santísima Virgen y la formación de grandes santos para estos tiempos.
Grignion de Montfort afirmaba precisamente que en el final de los tiempos, antes de la Parusía del Señor, es decir ahora, María Santísima se encargaría de “la formación y la educación de grandes santos que existirán hasta el fin del mundo” (Tratado sobre la Verdadera Devoción no. 35). Y más adelante el Santo Luis María dice que “el Altísimo y su Santa Madre formarán grandes santos para sí, que sobrepasarán a la mayoría de los otros santos en santidad, como los cedros del Líbano sobrepasan a los pequeños arbustos”.
Es decir, aquí se cumplirá aquello que decía Jesucristo de que “vosotros haréis milagros mayores que los que Yo hice”. (Mateo 17, 20) Por tanto, hay una estrecha relación de la restitución del hombre y la restauración de la creación al estado original y esta especial santidad que va a caracterizar a la Parusía del Señor, santidad que desde luego contribuirá a la derrota del Anticristo; santidad que será delineada y formada por la Santísima Virgen María, que es la mejor formadora que puede haber, ya que en Ella se cumple admirablemente todo el plan de la creación de Dios para los hombres. Por eso mucha razón tiene Grignion de Montfort al afirmar que “María ha producido, junto con el Espíritu Santo, la cosa más grande que ha existido y existirá jamás..: un Dios Hombre. Y Ella producirá consecuentemente las cosas mayores que se darán en los últimos tiempos: la formación y la educación de estos grandes santos, que serán especialmente devotos de la Santísima Virgen, iluminados por su luz, guiados por su espíritu, sostenidos por su brazo y cobijados por su protección”. (No 35)
Nos parece lógico ver en estos santos especiales de los últimos tiempos a aquellos por quienes la creación entera “gime dolores de parto en espera de su manifestación”, es decir, en espera de que en ellos se refleje la perfección de Dios, la Imagen y Semejanza divina, y cuyo modelo es la Santísima Virgen María.
El Reino de la Divina Voluntad
Fue en el año de 1865, un 23 de abril, cuando nació la Sierva de Dios Luisa Picarreta, en una ciudad al sur de Italia llamada Corato. A esta alma víctima que se ofreció voluntariamente en su lecho de dolor durante más de 60 años, nuestro Señor la escogió como uno de los principales instrumentos para revelarle los misterios del Reino de la Divina Voluntad que ella escribió en 36 volúmenes. Uno de sus confesores, el recién canonizado Annibal María di Francia, nos da testimonio de Luisa Picarreta sobre “las sublimes revelaciones hechas por nuestro Señor Jesucristo a esta queridísima hija suya, y que tiene por finalidad establecer en la tierra el triunfo completo del Reino de la Divina Voluntad”.
El Reino de la Divina Voluntad no es otro sino el cumplimiento de la oración del Padre nuestro que el mismo Jesucristo nos enseñó: “venga tu reino”, es decir, el “Fiat Voluntas Tua sicut in coelo et in terra”: Hágase tu voluntad en la tierra como se cumple en el cielo. Esto significa que se haga la voluntad de Dios, que se viva la voluntad de Dios en la tierra, exactamente como se hace, se cumple y se vive en el cielo, lo que permitirá al hombre vivir en la santidad de la Semejanza de su Creador y que contiene la verdadera felicidad: la felicidad del Fiat Voluntas Tua como en el cielo así en la tierra.
El Reino de la Divina Voluntad es el cumplimiento del tercer Fiat.
El primero lo encontramos en la obra de Dios Padre en la Creación, cuando pronunció el “Fiat Lux” – Hágase la Luz;
El segundo Fiat realizado en el Hijo por medio de la Santísima Virgen María al pronunciar aquellas palabras ante el ángel de la Anunciación: Fiat mihi secundum verbum tuum – Hágase en mí según tu palabra.
Y el tercer Fiat es el Fiat Voluntas Tua, el Hágase Tu Voluntad así en la tierra como en el cielo, que será pronunciado y hecho vida por aquellos fieles que logren por la gracia divina restituir su ser mediante la negación total de su yo.
¿Pero qué diferencia existe entre la Divina Voluntad y cumplir fielmente y en todo la voluntad de Dios? Mucha diferencia. Es una diferencia cualitativa. Cumplir la voluntad de Dios no es una novedad. Eso lo han hecho todos los santos en todos los tiempos, porque sin la voluntad de Dios no puede haber virtud ni santidad. No obstante, cada uno toma y tiene una relación con ella en la medida que se le concede conocerla. ¿Qué es lo que hasta ahora ha conocido el hombre de la voluntad de Dios? Pues ha conocido su ley, sus mandamientos, lo que quiere, lo que dispone y lo que prohíbe. Es decir, la voluntad de Dios como “complemento”, pero no aún, si cabe la expresión, como “sujeto” y “verbo”. No lo que es esa Suprema y Eterna Voluntad, ni lo que le pertenece, ni lo que hace.
En otras palabras, hasta ahora el hombre por medio de la Redención y con apoyo en la gracia divina asegura su salvación en la medida en que cumple la voluntad de Dios. Conforme más se ajuste el hombre al cumplimiento de la voluntad de Dios más santo será. Pero ahora se trata de algo esencialmente distinto y que es “descubrir la herencia divina”, es decir, el don de la misma Voluntad Divina pero ya obrando en la criatura humana, y con ella y por medio de ella lograr la Semejanza divina que perdió con Adán. Así el hombre no sólo alcanzará la salvación, sino que alcanzará la misma Santidad Divina. Ya el hombre no logrará una santidad con actos humanos por obra de la gracia de Dios, sino será una santidad con los mismos actos divinos obrando en su voluntad humana.
Así pues, la novedad es que Dios nos invita a vivir en su Querer, como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven este Querer Eterno. Lo nuevo es la Divina Voluntad obrando en la criatura y la criatura obrando al modo divino en Ella.
La aportación de esta gracia única es que no sólo hagamos su Voluntad (la que Dios nos da), sino que la tengamos como nuestra, como vida de nuestra vida, para vivir y reinar con Ella y en Ella, y así de esta forma, la voluntad humana pide ser sustituida para cada cosa y en cada momento por la Voluntad misma de Dios, la cual le va colmando de su amor y de sus bienes infinitos, devolviéndole la Semejanza divina y alcanzándole la finalidad última para la que fue creado por Dios. O sea, que nos encontramos con dos voluntades, la humana y la divina, pero unidas en un solo Querer Divino. Así, esta criatura formará otro Jesús, no por naturaleza, sino por una gracia especialísima otorgada por Dios, y así se cumplirá lo que dice Jesucristo: “Que todos sean uno. Como tú, Padre en Mí y Yo en Ti, que ellos también sean uno en Nosotros... Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como Nosotros somos uno: Yo en ellos y Tú en Mi, para que sean perfectamente uno...” (Juan 17, 21 – 23).
Y en esto consiste pues el Reino de la Divina Voluntad, no el Reino de la Redención, que sería el medio, sino el Reino de su Voluntad que es el fin. Esta es pues la finalidad de la obra de la Creación, que alcanza su fruto pleno en la obra de la Redención y que es a la vez meta y culminación de la obra de la Santificación.
Algunos textos revelados por nuestro Señor a Luisa, “la pequeña hija de la Divina Voluntad”, aclararán aún más lo dicho hasta ahora:
“La doctrina sobre mi Voluntad es la más pura, la más bella, tanto en lo sobrenatural como en lo natural... antes tenía que formar a los santos que debían parecerse a Mí y copiar lo más perfectamente posible mi Humanidad, en la medida que es posible a una criatura, y eso ya lo he hecho. Ahora mi bondad quiere ir más allá y quiero que entren en mi Humanidad y copien lo que el alma de mi Humanidad hacía en mi Divina Voluntad.
“Si los primeros han cooperado en mi Redención, salvando las almas, enseñando la ley, desterrando la culpa, limitándose a los siglos en que han vivido, los segundos irán más allá, copiando lo que hacía el alma de mi Humanidad en la Divina Voluntad, abrazarán todos los siglos, a todas las criaturas y elevándose por encima de todos, pondrán en vigor mis derechos sobre la creación, derechos que atañen a las criaturas, llevando todas las cosas al estado originario de la Creación y a la finalidad para la que la Creación fue hecha. Si hice salir la Creación, tiene que volver a Mí ordenada, tal y como salió de mis manos” (Vol. 16 del 10 de febrero de 1924 y Vol.14 del 6 de octubre de 1922).
Finalmente dice Jesús:
“Todo lo que he dicho sobre mi Voluntad no es más que preparar el camino, formar el ejército, reunir el pueblo elegido, disponer el terreno en que ha de formarse el Reino de mi Voluntad y por tanto regirlo y dominarlo” (Volumen 19, 18 de agosto de 1926).
“Gracia más grande no podría conceder en estos tiempos tan tempestuosos y de carrera vertiginosa en el mal, que hacer saber que quiero conceder el gran don del Reino del ‘Fiat’ Supremo” (Volumen 19, 9 de septiembre de 1926).
“Ahora, como en la Creación, mi Amor se desborda fuertemente y el Reino de mi Voluntad está decretado... tan sólo quiere que las criaturas lo sepan, que conozcan sus bienes, para que conociéndolos, suspiren y quieran el Reino de la santidad, de la luz y de la felicidad, y así como una voluntad lo rechazó, así otra lo llame, lo suspire y lo haga venir a reinar en medio de las criaturas” (Volumen 23 del 30 de octubre de 1927).
De lo anterior queda claro que el Reino de la Divina Voluntad expresa una santidad mayor que las anteriormente conocidas, puesto que está estrechamente vinculado a la restauración de los “derechos naturales del hombre sobre la creación” que se perdieron por el pecado. Así lo dice claramente el Señor a Luisa al referirse a los santos, a los llamados “segundos”, (es decir, del final de los tiempos) que una vez que copien lo que hacía el alma de Jesús en su Divina Voluntad, “abrazarán todos los siglos, a todas las criaturas y elevándose por encima de todos, pondrán en vigor los derechos sobre la creación, derechos que atañen a las criaturas.”
¿Cómo y a través de quién se hará realidad el Reino de la Divina Voluntad en la tierra? Pues a través precisamente de la Santísima Virgen María, criatura que fue concebida, nació, vivió en la tierra y – sin pasar por la muerte – subió al cielo en cuerpo y alma, rodeada de todos los bienes y conteniendo en sí el Reino de la Divina Voluntad. Así, la voluntad de María y la de Dios fueron una sola. María fue el nuevo Paraíso terrestre de Dios, el nuevo edén plantado por la mano divina, cuya tierra fue preservada de la maldición que Adán le había acarreado, tierra donde siempre vivió el Sol Divino en todo su esplendor. Por tanto, cuando María Santísima pronunció ante el ángel de la Anunciación el Fiat, quedó listo el escenario de la Redención con todos sus efectos a futuro, y de ahí que María sea Madre de Dios y de todos los hombres, y particularmente en su misión de Corredentora que ahora toma especial lugar y trascendencia, para que a través de Ella y por medio de Ella se establezca el Reino de la Divina Voluntad en la tierra.
Será entonces cuando con toda propiedad se afirme que María Santísima es la Nueva Jerusalén, “la novia que desciende del cielo para las nupcias con el Cordero” (21, 2) y Ella será “la morada de Dios con los hombres”.(21,3). Pero igualmente, quien logré alcanzar vivir plenamente en su vida, en su humanidad, el Reino de la Divina Voluntad, ese ser será no sólo parte de la Nueva Jerusalén, sino que será él, junto con todos los que lo logren, la Nueva Jersusalén. Más aún, serán la novia engalanada para su esposo; serán, en definitiva, la Esposa del Cordero, pues como dice Jesucristo: “¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos”? “Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre.” (Mateo 12, 48-50)
Decimos “quien logre alcanzar”, pues el mensaje de la Divina Voluntad si no se vive ni se practica, corre el riesgo de ser mera doctrina, enseñanza o deseo, dejando así estéril el proyecto de la Divina Voluntad, si no existe como condición la negación absoluta y total del Yo.
Dicho en otras palabras: supongamos que la Divina Voluntad consistiera en vencer la ley de la gravedad, que como principio tiende a dirigir los cuerpos hacia el centro de la tierra. Asumimos que la antigravedad sólo existe fuera de la tierra, en el espacio exterior. Por tanto, vivir la Divina Voluntad exige la construcción, planeación y lanzamiento del módulo o cohete espacial para llegar al espacio exterior, y entonces sí, vencer la ley de la gravedad. Así, por más conocimiento que se tenga de dicha ley; por más que alguno afirme que ya venció la gravedad en la tierra, “si no flota en la tierra” no ha vencido dicha ley, ni la podrá superar mientras no realice los actos tendientes a llegar al espacio exterior. Todos esos actos se reducen precisamente a la aniquilación del Yo mediante los medios propios y adecuados para ello.
Los Aposentos de los Corazones Unidos
Otra revelación privada encaminada a desarrollar una santidad en perfección es la que se desprende de los mensajes privados recibidos, a partir de 1985, por la vidente Maureen Sweeney-Kyle, S.M.A.S, en el condado de Elyria, Ohio, cerca de la ciudad de Cleveland, EEUU. Su director espiritual es el Reverendo Frank Kenney, S.M.,S.T.D. doctorado en Teología Mariana por la Universidad Católica de América. Un complemento de lo que a continuación vamos a explicar se puede encontrar en la página www.corazones-unidos.net o www.holylove.org
Los Siervos Misioneros del Amor Santo (S.M.A.S) son apóstoles ecuménicos comprometidos a vivir los mensajes del Amor Santo. Estos mensajes se apoyan en los dos grandes mandamientos, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como ti mismo. Fruto de estas revelaciones, el arzobispo de Jos, Nigeria, Mons. Gabriel Ganaka –recientemente fallecido- y ex-presidente del Episcopado Africano, fundó la Cofraternidad de los Corazones Unidos, que poco a poco se va extendiendo en varios países, incluído México. Desafortunadamente, no ha faltado la persecución de parte del obispado de Cleveland. Pero en este caso, como en otros, ¡mejor así!.
En esta revelación encontramos un viaje espiritual a través de cinco aposentos del Corazón de Jesús, acercándose cada vez más a la realidad de la Divina Voluntad y alcanzando finalmente la unión con el Corazón del Padre Eterno. Este es su Plan Divino para toda la humanidad. Es la razón por la que cada uno ha sido creado. Es el cumplimiento total de la misión de Cristo en la tierra.
A través de los mensajes el Cielo va delineando cuáles son estos cinco aposentos y cómo se puede acceder a cada uno de ellos, hasta llegar a la unión con la Divina Voluntad. El centro de todo es el amor, donde la puerta a cada aposento no es sino una entrega más profunda al amor.
Los cinco aposentos son:
1. la salvación;
2. la santidad;
3. la perfección en la virtud;
4. la santificación; y,
5. la unión con la Divina Voluntad.
Vamos a explicar cada uno de ellos, sobre el principio básico de que la profundidad del amor determina la profundidad de la entrega.
El primer aposento es la salvación:
a) Aquí encontramos la manifestación de los dos grandes mandamientos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.
b) Esto es vivir en el Amor Santo. En esta entrega el alma es llevada dentro del Inmaculado Corazón de María. Su Corazón es el refugio espiritual de toda la humanidad.
c) En este primer aposento el alma comienza a ver sus grandes pecados y culpas. También en este aposento el alma comienza a reconocer el poder y la importancia de los tiempos presentes. Este es el Alfa y el Omega pues nadie puede pasar a través de la puerta angosta, que es el cielo, fuera del Amor Santo.
d) Así pues, el Señor Jesús ha dado por medio de María Santísima la salvación al hombre con el título de Amor Santo. Entonces, para ser santo, para elegir la santidad, es necesario elegir el Amor Santo.
El segundo aposento es la santidad:
a) Aquí encontramos la puerta de entrada al Sagrado Corazón de Jesús – Amor Divino – a través de una entrega más profunda al amor.
b) Se aspira a la santidad personal por una rendición mayor a la Voluntad de Dios. El alma comienza a entender que su voluntad es dirigida por lo que tiene en su corazón. Aquí se entiende que cada cruz es una victoria si se le rinde a Jesús. En esta rendición está el mérito de cada alma. Entre más profunda sea la rendición, el mérito será mayor.
c) En este aposento salen a la luz las pequeñas fallas en el amor. El amor es capaz de ver hábitos o ataduras que le impiden profundizar más en el Amor Divino.
El tercer aposento es el de la perfección:
a) Aquí el alma pone todo su esfuerzo por perfeccionarse en las virtudes, por lo que éstas florecen y los frutos del espíritu maduran.
b) Es el aposento en el cual el Señor escoge a sus santos, y a sus mártires de amor; pero también es el aposento donde las almas son probadas más severamente por Satanás.
c) El alma necesita de la virtud heroica para no resbalar en el desaliento. Es pues un mártir de amor que lucha por conformarse a la Divina Voluntad de Dios.
En este tercer aposento encontramos a la mayoría de las almas que son elevadas a los altares por la Iglesia Católica, es decir, los canonizados cuya vida es puesta como modelo a imitar según las múltiples espiritualidades y caminos de santidad.
El cuarto aposento es el de la santificación:
a) Este aposento del Divino Corazón de Jesús abraza a los que se han conformado exitosamente a la Divina Voluntad de Dios.
b) Aquí todavía existen dos seres, dos voluntades diversas: el alma que continuamente busca la conformidad de Dios y tiene éxito en ello y la Divina Voluntad de Dios.
c) Es el aposento más íntimo. Las almas en este aposento privilegiado son pocas y viven en completa unión con la Divina Voluntad de Dios. El alma ya no tiene más deseos ya que su voluntad está aniquilada.
d) Este aposento es la meta de toda espiritualidad. Este aposento es un palacio y en este palacio la Voluntad de Dios está entronizada.
Y por último, el quinto aposento:
a) Es la unión con la Divina Voluntad. “Que todos sean uno.”
b) Son muy pocos los que alcanzan este santuario interior del Corazón de Nuestro Señor.
c) Aquí ya no hay dos seres sino un solo ser. El alma es una con Dios y su Divina Voluntad.
d) Esta es la Nueva Jerusalén. El quinto aposento del Corazón de Jesús está secretamente escondido dentro del cuarto aposento. Es el Reino de la Divina Voluntad dentro del corazón de uno.
e) Necesita ser descubierto por el alma mientras mora dentro del cuarto aposento. Incluso algunas almas en el cuarto aposento no descubren este reino interno, el cual es el Corazón de Jesús dentro del corazón de cada hombre. Aunque están en unión con la Divina Voluntad, este descubrimiento del quinto aposento sigue siendo evasivo. Pero las almas que sí descubren ese reino dentro de ellas, ya son la Nueva Jerusalén.
f) En otras palabras, el quinto aposento no es el corazón del hombre entrando en lo más profundo del Corazón de Jesús, sino que es el descubrimiento del Corazón de Jesús dentro del corazón del hombre. Este quinto aposento es el más pequeño.
Toda esta espiritualidad viene acompañada de mensajes precisos y claros encaminados a ir rompiendo ataduras y egoísmos para avanzar por este camino de espiritualidad, hasta alcanzar el quinto aposento, que, como ya hemos mencionado, no es sino la Nueva Jerusalén, tal y como el mismo Juan la anuncia en el Apocalipsis.
A partir del mes de abril del 2003, los mensajes han comenzado a hacer referencia a un sexto aposento, que es el Corazón del Padre Eterno. Sexto aposento que abraza a todos los demás aposentos de los Corazones Unidos. Las almas en este aposento alcanzan el cielo más alto. No se refiere tanto a un grado mayor de perfección del alma, sino a una experiencia de la cual Dios quiere compartir con sus hijos. Esperaremos mayor información para poder profundizar en esta nueva manifestación del amor de Dios.
Plenitud y Restitución
Finalmente, para completar el cuadro de esta santidad especial, única y “novedosa”, queremos citar una tercera revelación privada que va a servirnos de punto de comparación y modelo respecto a lo que Juan anuncia para el Milenio de paz, el Reino de Cristo en la tierra y que se concreta en la Nueva Jerusalén bajada del cielo para realizar las bodas nupciales con el Cordero.
Esta tercera revelación es la que ocurrió en Sabana Grande, Puerto Rico, en el año de 1953, durante 33 días de Apariciones, comenzando el jueves 23 de abril – día en que nació Luisa Picarreta – y culminando el lunes 25 de mayo, a tres niños – dos niñas y un niño – de entre 7 y 9 años de edad, siendo el principal vidente Juan Angel Collado.
Esta aparición está llena de simbolismos íntimamente ligados al Apocalipsis. En primer lugar encontramos a la Santísima Virgen vestida con 7 prendas, y que son:
1. sus 7 estrellas;
2. su manto azul;
3. su túnica blanca;
4. su broche en el cuello;
5. su cinturón;
6. su rosario entre sus manos; y,
7. una sandalia visible en su pie derecho al frente.
Cada una de estas prendas con un significado específico, como las 7 estrellas que en forma horizontal rodean su cabeza y que son símbolo de los 7 Sacramentos de la Iglesia, siendo la 4ª estrella, la del centro, la más grande y radiante que corresponde a la Eucaristía.
Así mismo, la Aparición también gira en torno al número sagrado de la Escritura y de la Iglesia, al 7, y que es símbolo de perfección, de Plenitud, tal y como lo hemos apuntado en su oportunidad. En la Aparición se manifiesta esta perfección o plenitud en los 7 colores que aparecen en el arco iris poco antes de la primera aparición; las 7 prendas de vestir de la Santísima Virgen que ya hemos señalado, así como las 7 estrellas, que además de significar los Sacramentos también simbolizan las 7 virtudes en contra de los 7 pecados capitales. La Santísima Virgen dejó 7 mensajes, de los que hasta la fecha sólo se han revelado 4; también el número 7 aparece en una frase muy importante y mística dicha por la Santísima Virgen en su 2º, 3º y 4º mensajes: “Plenitud y mi promesa; restitución del camino”, repetida a su vez 7 veces en los mensajes 2º y 4º .
Plenitud, Nueva Estirpe y Crecimiento Espiritual
Además de lo anterior, la Santísima Virgen del Rosario pidió en Puerto Rico que se levantara una capilla, pero al margen de la construcción de la misma, la Virgen pidió que la capilla fuera de 7 lados o planos, ya que cada uno de ellos simboliza el crecimiento espiritual que Ella espera de nosotros.
Para entender este concepto de Nueva Estirpe y el crecimiento espiritual que ella propone, la Santísima Virgen también habla en sus mensajes de 7 clases de hijos, a saber:
1. Hijos de Dios: todos los hombres de la tierra;
2. Hijos de la Iglesia: todos los bautizados;
3. Hijos Míos: los que se han consagrado de alguna manera a Ella;
4. Hijos Predilectos: los sacerdotes;
5. Hijo Verdadero y Predilecto: el Papa;
6. Su Amadísimo Hijo: Jesucristo; y,
7. finalmente, Hijos nuevos: aquellos que formarán parte de la Nueva Estirpe, son hijos nuevos, transformados que están simbolizados en el broche de la Santísima Virgen María.
¿Cómo formar parte de esta Nueva Estirpe? Y Ella establece un plan de crecimiento espiritual para alcanzar la Plenitud, y así ser parte de esta Nueva Estirpe. Siguiendo con el número 7 apocalíptico, María Santísima deja un proceso en base a 7 planos para ir “subiendo” hasta alcanzar el 7, que es la Plenitud. Cada uno de estos planos corresponde a uno de los lados de la capilla. La Virgen del Rosario quiso explicar así el crecimiento espiritual a los niños para que nosotros lo pudiéramos entender fácilmente. La Virgen en Sabana Grande asume el rol de una formadora, de una educadora.
¿Cuál es el propósito de este crecimiento espiritual? Lo que Ella denomina como Plenitud y que equivale al plano 7. Aquí en este plano se culminará lo que Ella llama sus Hijos Nuevos, que es la Nueva Estirpe de cristianos verdaderos que Ella ha venido a formar para que sean semilla digna que logren la restitución del camino, es decir, volver al origen según el plan que Dios tuvo al principio de la creación.
Los siete planos de crecimiento espiritual corresponderían a lo siguiente:
El plano 1 es el plano del “Yo”; aquí el hombre actúa por egoísmo, buscándose a sí mismo como fruto de su vanidad. Desafortunadamente este es un plano muy generalizado en la actualidad. Es la planta baja de donde arranca el proyecto de crecimiento espiritual.
El 2° plano es el que denominamos como “Yo y los demás”. Aquí nuestros actos ya van dirigidos hacia el bien de los demás, no al beneficio propio. Se busca el bien ajeno aunque el yo sigue estando presente. Las cosas se hacen por quedar bien con los demás. Y como se aprecia, Dios aún no aparece.
El 3° plano corresponde a lo que se denomina “Dios y los demás”. Aquí se resume el mandato divino: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios . El plano 3 es un plano de salvación, pues el hombre busca amar a Dios y hacer el bien a los demás como fruto de su amor a Dios. Aquí el yo ya no aparece, el egoísmo ha sido eliminado. Para llegar a este plano se tiene que luchar mucho espiritualmente y vencerse a sí mismo continuamente. Todo el que muera en este plano salva su alma.
Ahora bien, los planos 4, 5 y 6 son planos de purificación en la tierra tanto de los 3 primeros planos, como de una parte del ser trino del hombre que lo irán perfeccionando.
Así, el 4° plano purifica todos los pecados e imperfecciones del 1° plano, así como todo lo que en el cuerpo se ha manchado. Empieza a haber signos sobrenaturales en el cuerpo como la bilocación o múltiple presencia, levitación, ver las conciencias, entre otros. El que muere en este plano normalmente es elevado a los altares.
El 5° plano purifica todo los pecados e imperfecciones del plano 2, así como lo que en el entendimiento se necesite purificar. Es un nivel de mayor perfección. Pocos acceden a este plano.
El 6° plano purifica todos las imperfecciones del 3° plano y todo lo que alma necesite ser purificada. Los que llegan a este nivel de santidad tienen todos los grandes carismas naturales y sobrenaturales. Su cuerpo va adquiriendo signos de incorruptibilidad y pueden hacer cualquier milagro. Pero no son perfectos, pues aún aquí el demonio tiene acceso y los puede tentar.
El plano 7 es el plano de la Plenitud. Muy pocos llegan a este plano. Aquí el demonio, y esto es muy importante, ya no tiene acceso. La Plenitud es el grado máximo al cual un hombre puede acceder. Es el hombre que ha logrado llegar al cielo en la tierra. Se cumple el mandato evangélico: “Ser perfectos como mi Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Este plano 7 tiene como modelo a María Santísima. Por eso Ella aparece con 7 prendas de vestir.
En nuestra opinión, este plano 7 de la Plenitud sería entonces, y haciendo una comparación, el mismo Reino de la Divina Voluntad o también el 5° aposento del que hemos hablado sobre los Corazones Unidos. Este es el plan que Dios quería desde un principio para el hombre, y que había quedado en espera como consecuencia del pecado de Adán, hasta que se cumplieran los tiempos, es decir, hasta “los días en que se oiga la voz del séptimo ángel, cuando empiece a tocar la trompeta”, es cuando “se consumará el misterio de Dios, tal y como lo anunció a sus siervos los profetas” (Apoc 10,7)
Por tanto, una vez que el hombre alcance la Plenitud se logrará la restitución, es decir, volveremos al origen; dicho en otras palabras, “la creación volverá a ser como un jardín donde Cristo Jesús será glorificado, donde su reino será querido y exaltado”, cumpliéndose lo que dice San Pablo a los romanos de que “las criaturas liberadas de la servidumbre de la corrupción, participarán en la libertad y gloria de los hijos de Dios”. (Rom 8, 18-20)
Entonces estamos en presencia del cumplimiento del Reino de Cristo en la tierra. Él será Rey de reyes y Señor de señores. ¿Quién es el Rey y Señor? Cristo con María, los Corazones unidos de Jesús y María en uno solo. ¿Quiénes son los reyes y los señores? Según lo explicado anteriormente, aquellos que vivan en la Divina Voluntad o que alcancen el quinto aposento o la Plenitud. Serán reyes, serán señores, obrarán actos divinos, el mismo Corazón Divino en cada hombre, en cada criatura. Ya serán criaturas a Imagen y Semejanza Divina de su Creador. Esta santidad no se ha conocido, al menos públicamente, ya que no se puede descartar el que algunos hombres la hayan alcanzado privadamente.
En efecto, en la Escritura encontramos personajes que “envueltos en un halo de misterio” fueron arrebatados sin pasar por la muerte; por ejemplo, Henoch, que comparado con la mayoría de los Patriarcas antediluvianos, vivió en la tierra un corto tiempo – trescientos sesenta y cinco años ; de él dice el Génesis “... anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó” (5,21-24). Como nada en la Revelación es casual sino providencial, nótese que Henoch fue la séptima generación de Adán y vivió “sólo” 365 años – un año solar –, es decir, cifras perfectas, lo que no excluye que Henoch sea además prototipo o representante de otros seres, que como él, fueron arrebatados en vida sin pasar por la muerte (Ver Eclesiástico 44,1-9). Este hecho de haber sido arrebatado venciendo la muerte implica o quiere decir que logró restituirse completamente en su ser original, y de esta manera puede hablarse de “recuperar” el don preterenatural de la inmortalidad que se perdió con el pecado original. Y esto gracias, dice el Eclesiástico, “a su ejemplo de penitencia” (44,16).
Mismo caso es el de Elías (II Rey 2,11) quien también fue arrebatado sin ver la muerte y de quien se dice, como ya se ha explicado en otro lugar, que vendrá a la tierra a “restaurarlo todo” (Mateo 17,11) antes “de que venga el día del Señor grande y terrible” (Mlq 3,23-24), por lo que con toda propiedad podemos afirmar que Elías representa el “espíritu de la restitución”, espíritu que tiene o tendrá todo aquél que luche por hacer que la Creación y el hombre vuelvan al estado en que salieron de las manos de su Creador, según se ha explicado abundantemente en el capítulo correspondiente.
Una Gracia especial pero también un Compromiso
Ahora bien, ni el Reino de la Divina Voluntad, ni el 5° aposento, ni la Plenitud se lograrán gratuitamente. Es cierto que estamos viviendo una época de especial gracia de Dios, que se están descubriendo los grandes misterios del Reino y que el Cielo está dispuesto a “abaratar”, por decirlo así, el Reino de Dios para que podamos participar y vivir en él, pues tal y como está prometido, “muchos últimos serán los primeros”(Mt 20,16). Esta santidad en perfección es como un regalo especial del Cielo, análogo a aquel primer regalo y milagro que le arrancó María Santísima a Jesús en las bodas de Caná. Ahora, igual que en aquél tiempo, María le ha arrancado a Jesús el milagro de que hombres y mujeres de este tiempo, poniendo a Dios como prioridad en sus vidas, puedan alcanzar esta gracia maravillosísima de vivir en el Reino de Cristo en la tierra con todo lo que ello implica.
De aquí se explica por qué la Santísima Virgen, además de llamar a la conversión a todos los hombres de la tierra, también hace un llamado más especial a los que Ella denomina los apóstoles de los últimos tiempos, a aquellos que estén dispuestos a negarse a sí mismos y a poner a Dios como prioridad en sus vidas, especialmente en este tiempo en que tendrá lugar la gran batalla para lograr la restitución, la lucha entre el Misterio de la Iniquidad y la Parusía de Cristo.
Por eso, al margen de cualquier espiritualidad o revelación privada, y para que todo este conocimiento que hemos explicado en este capítulo no se quede en mera teoría o simples deseos, todo aquél que quiera alcanzar esta gracia extraordinaria de santidad en perfección deberá de:
a. Luchar por imitar a Jesucristo;
b. Llevar una vida disciplinada en la oración;
c. Esforzarse por rezar el Santo Rosario todos los días.
d. Frecuentar los sacramentos, especialmente la Penitencia y mayormente la Eucaristía.
e. Es necesario no sólo la oración sino el sacrificio y la penitencia en todas sus modalidades: ayuno, abstinencia, mortificar los sentidos, negarse a sí mismo, purificar los pecados o penitencia, haciéndose así partícipe de la purificación de la humanidad.
f. Un apostolado firme, constante y diligente, buscando la conversión de los demás.
Una vez pues que hemos señalado lo anterior, podemos visualizar la santidad especial que Dios ha revelado a través de María Santísima, y que concuerda con la profecía de San Luis María Grignion de Montfort sobre estos tiempos en que María formaría grandes santos que excederían en santidad a los antiguos, como los cedros del Líbano sobrepasan a los arbustos, no nos resta más que ahondar ahora así, bajo estas condiciones, en lo que nos descubre el capítulo 20 del Apocalipsis, el llamado Milenio de Paz, y comprenderemos ahora mejor lo que significan los siete premios que Dios está dispuesto a otorgar a los vencedores de cada una de las Iglesias, y que no es sino el cumplimiento profético de todas las promesas que el Señor se ha guardado para este tiempo.
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