El Señor se ha prendado de vosotros y os ha elegido, no porque seáis el pueblo más grande de todos los pueblos, puesto que sois el más pequeño, sino que ha sido por el amor del Señor y por su fidelidad a la promesa que hizo a vuestros padres[1]. Cada hombre ha sido fruto de un amor de predilección: al dar la vida a las criaturas humanas, Dios quiere que todas participen de su bondad y felicidad, quiere ser amado libremente por ellas.

A pesar de que los hombres le olvidan o desprecian, Él no cesa de buscarlos, de rondarlos, de pedir su correspondencia: su designio no cambia, su amor no acaba nunca. Él es el Dios fiel; por su amor infinito, no se arrepiente de sus dones.

Las primeras páginas del Antiguo Testamento muestran cómo la fidelidad del Creador no depende de las debilidades y traiciones de sus criaturas. Al pecado de Adán y Eva responde el Señor con sus paternales cuidados: los viste amorosamente, les promete un redentor; ante las infidelidades del pueblo de Israel, el Señor siempre se manifiesta como un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en misericordia y fidelidad[2], dispuesto a perdonar, a acoger las peticiones de los profetas en favor del pueblo por la fidelidad a sus promesas[3].

En el Nuevo Testamento, la fidelidad y el amor divinos llegan a su máxima expresión: la encarnación del Hijo sella de un modo nuevo la Alianza de Dios con toda la humanidad. Jesucristo nos ha constituido parte de su Cuerpo Místico, y así el hombre puede ser auténticamente hijo de Dios en el Hijo unigénito, participando de la vida divina. Cristo realiza plenamente y por siempre lo que Moisés había pedido a Yahvé: si no vienes tú mismo, no nos hagas partir de aquí; pues ¿en qué se notará que tu pueblo y yo hemos hallado gracia a tus ojos, si tú no caminas con nosotros?[4].

A TIERRAS LEJANAS

La fidelidad de Dios aviva nuestra esperanza. A la luz de la fe, ningún hombre debería dudar de que el Señor le ofrece su amor y amistad, y este fundamento de nuestra esperanza es, al mismo tiempo, estímulo para nuestra respuesta fiel al amor de Dios.

Diversos pasajes de los Evangelios cuentan cómo Jesucristo alaba la fidelidad de los hombres. Así, en el elogio del administrador fiel y prudente, que espera la llegada de su amo, el Señor se goza anunciando la recompensa de esa actitud: dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así. En verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda[5].

Esta misma idea aparece reflejada en la parábola de los talentos. San Josemaría la comentó repetidas veces, y veía algo similar a una fórmula de canonización en las palabras dirigidas al siervo bueno y fiel.

La historia comienza cuando un hombre al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno sólo: a cada uno según su capacidad; y se marchó[6]. A semejanza de esos siervos, Dios ha puesto a disposición de cada hombre un don totalmente gratuito: una vida que es, al mismo tiempo, vocación a la comunión con el Creador. Sin embargo, Mateo destaca que el don corresponde a la capacidad de cada uno: a uno le entrega cinco talentos, porque sabe que es capaz de gestionar esa suma; a otro, dos; y al último, uno. Dios –hablando con categorías humanas– utiliza "la justicia de las madres": da a cada uno según lo que puede sobrellevar, según las posibilidades que Él mismo ha puesto en cada persona.

En nuestro caso, junto a otros muchos dones, quizá nos ha confiado una vocación, un camino, un modo de vivir en la Iglesia. Es el talento que mejor responde a nuestro ser, pues el conocimiento que Dios tiene de nosotros es amor creativo. Nadie, por tanto, puede pensar que Dios le pide demasiado, o que se ha excedido con él, o que le ha colocado en un lugar que no es el suyo, o que sus fuerzas son escasas para la tarea encomendada: a todos da su gracia, y se la da en la medida en que a cada uno le hace falta; y, a la vez, Dios pide mucho: ¡todo!

El Señor espera que correspondamos a su don administrándolo con prontitud, constancia e iniciativa. Así actuaron la mayoría de los siervos de la parábola: el que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo, el que había recibido dos[7]. Lo importante aquí no es adónde fue el siervo, sino su generosidad, pues inmediatamente se puso a buscar dónde invertir su dote.

Una parte no pequeña de una vida lograda consiste precisamente en eso, en desarrollar las capacidades recibidas, intelectuales, de simpatía, de amabilidad, de relación, de trabajo, para poner todas esas aspiraciones a los pies del amo, de tal manera que Jesús pueda entrar ahí con libertad, y que no se conviertan en el ídolo del propio egoísmo[8].

QUE EL TALENTO RINDA

Desarrollar los talentos implica iniciativa. El Señor no dijo a los siervos en qué debían invertir; cada uno tenía los medios para saber qué negocios podía afrontar, y la seguridad de que el dinero que se le había confiado era el necesario para llevarlos a cabo.

Por eso, responder a la propia vocación requiere descubrir las cualidades que cada uno ha recibido, y ponerlas en juego, dándoles salida en múltiples iniciativas. Lo esencial es procurar que el talento rinda, y empeñarnos continuamente en producir buen fruto[9], buscando ir poco a poco ampliando el impacto social, cultural o político de nuestras actividades, fiados en la palabra del Señor: a todo el que tenga se le dará y abundará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará[10]. Frase que, en su aparente dureza, no hace sino recordarnos que es Dios quien pone el incremento[11].

Así, nuestros talentos darán frutos, no tanto o no sólo por el esfuerzo puesto, sino por la benevolencia de Dios, que mira con ojos de bondad las ofrendas que le presentamos[12]. Cuando se dedica tiempo a los amigos, a los vecinos, a los que trabajan con nosotros, a los condiscípulos de la escuela o de la universidad, cuando se fomentan las aficiones –culturales o deportivas– de los hijos, el fruto apostólico llega; y además, abundará, sobre todo en la propia alma: porque la primera consecuencia será la alegría de haber servido, de haber ayudado a crecer a los demás.

Algo parecido ocurre con los instrumentos apostólicos que promueven los fieles del Opus Dei en todo el mundo, con tantas personas que son o no cristianas. Sin perder su propia naturaleza, resultan fermento que fecunda la sociedad desde su entraña, colaborando con otras instituciones semejantes en la promoción humana, dando a conocer en los medios de comunicación sus proyectos, etc. Y siempre poniendo en todo el signo más.

La parábola continúa. El Señor regresa y pide cuentas, y quienes han hecho fructificar los talentos escuchan el elogio de su fidelidad: muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor[13]. Llama la atención que el amo considere poco las inmensas fortunas que él había donado, y que sus siervos han multiplicado; son nada y menos que nada, comparadas con lo mucho que Él tenía previsto darles: participar de su misma alegría.

En el pasaje paralelo del Evangelio según San Lucas[14], el premio consiste en dar a los siervos el gobierno de ciudades. Esta variante nos ayuda a considerar que los servidores participan de la potestad de su Señor, que corresponder a los dones supone participar del cuidado que el Rey tiene hacia todos los hombres.

Los talentos de los siervos se han de administrar para los demás: se desarrollan en la sociedad y para mejorar la sociedad. Los siervos que han aprovechado sus dones, con la gracia de Dios, están en mejores condiciones de interesarse por el bienestar de sus conciudadanos. Se preocupan por su salud física y moral; promueven propuestas que impliquen a muchas otras personas en la evangelización de la sociedad, empezando por el ámbito, quizá limitado o un poco restringido al inicio, en el que se desenvuelven.

Lo importante es moverse y poner nuestro ambiente cristiano, alegre, primero allí donde estamos: si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo hará? El fundador del Opus Dei resumía todo esto diciendo que los cristianos somos para el mundo. Cuando servimos, la llamada de Dios cobra toda su pujanza.

PERSEVERAR EN EL AMOR

El siervo malo y perezoso[15] desdeñó la predilección de la que había sido objeto al enterrar el talento; dejó pasar el tiempo sin descubrir las posibilidades que encerraba aquella fortuna. No se quiso complicar la vida y, de este modo, nunca llegó a saber lo que podría haber hecho, ni a descubrir por qué el Señor había tenido tanta confianza con él.

Es un peligro siempre presente, porque en la senda de la llamada «resulta fácil un primer entusiasmo, pero después viene la constancia también en los caminos monótonos del desierto que se han de atravesar a lo largo de la vida, la paciencia de proseguir siempre igual aun cuando disminuye el romanticismo de la primera hora y sólo queda el "sí" profundo y puro de la fe»[16].

Ciertamente, cabría enterrar el talento una vez que se ha empezado a negociar con él. Pero el Señor nos indica cuál es el medio para que esto no suceda: si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor[17]. «Si el fruto que debemos producir es amor, una condición previa es precisamente este "permanecer", que tiene que ver profundamente con la fe que no se aparta del Señor»[18].

Mantenerse en el camino que Dios ha mostrado supone, en sí mismo, una muestra de amor y fe. Y el secreto de la fidelidad radica precisamente en el amor: ¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. –Enamórate, y no "le" dejarás[19].

Don Álvaro, el sucesor de San Josemaría, comentando este punto de Camino, decía que también se podía afirmar: no "le" dejes, y te enamorarás; sé leal y acabarás loco de amor a Dios[20]. El Señor recompensa la fe perseverante, llevando a término su obra y atrayendo cada uno a su Persona[21]. Así, la lealtad es una fuente de equilibrio personal, pues quien es leal consolida un clima de paz a su alrededor: comunica seguridad y confianza, aleja el miedo y las incertidumbres.

La parábola de los talentos muestra esta primacía del amor: el amo recompensa a los siervos haciéndoles partícipes de su alegría, de su propia persona; no da simplemente algo que le pertenece, sino que se da él mismo. La diligencia que mostraron los siervos fieles es también señal de la cercanía que tenían con Él; y es que la fidelidad cristiana no es sólo la lealtad a una doctrina, ni a un dogma: el cristiano es fiel a la persona viva de Cristo, con quien guarda una relación de amistad.

Por eso, la perseverancia no puede entenderse como algo rígido, frío o calculado: no produce una voluntad inconmovible ni insensible a los cambios de ánimo o de circunstancias; más bien, es su contrario: la fidelidad hace al hombre flexible, para afrontar el soplo de cualquier viento, pues nace del amor y el amor es inventivo, como lo es el Espíritu.

Si permanezco fiel a mi Dios, el Amor me vivificará continuamente: se renovará, como la del águila, mi juventud[22]. La santidad es la vida a la que estamos llamados. El camino es claro y está trazado, esculpido, con rasgos precisos. Éste es el camino donde hemos entrado por mediación de María y que seguimos con su protección: ser Obra de Dios, esforzarnos por responder fielmente –¡con el corazón!– a las mociones del Espíritu Santo.

M. Díez.

17 de Octubre del 2011


[1] Dt 7, 7-8.

[2] Ex 34, 6; cfr. Gn 3, 21; 3, 15.

[3] Cfr. Gn 32, 9-18.

[4] Ex 33, 15-16.

[5] Mt 24, 46-47.

[6] Mt 25, 14-15.

[7] Mt 25, 16-17.

[8] Cfr. Amigos de Dios, n. 21.

[9] Ibid. n. 47.

[10] Mt 25, 29.

[11] Cfr. Mc 4, 26-29; 1 Cor 3, 7.

[12] Cfr. Misal Romano, Plegaria eucarística III, Réspice, quæsumus...

[13] Mt 25, 21.23.

[14] Cfr. Lc 19, 17.19.

[15] Mt 25, 26.

[16] Benedicto XVI - J. Ratzinger, Jesús de Nazaret, pp. 309-310.

[17] Jn 15, 10.

[18] Benedicto XVI - J. Ratzinger, Jesús de Nazaret, p. 310.

[19] Camino, n. 999.

[20] Don Álvaro, Carta a los fieles del Opus Dei, 19-III-1992 .

[21] Cfr. Flp 1, 6.

[22] Amigos de Dios, n. 31.